
Hay dos cosas que me disgustan de los cruceros organizados.
En primer lugar, que estén organizados. Me basta con leer en el programa:
Jueves día 2, por la mañana libre; a las 13 horas: comida fría en Alexandra, seguida de una conferencia explicativa a cargo del profesor Reginault sobre los Fiordos Noruegos, y es entonces cuando sientes como los dedos de tus pies crispan de frio dentro de tus zapatos, debido al frió tan exagerado que hay en el exterior.
Si hay “mañanas libres” es que el resto del tiempo uno no lo estará realmente.
Con la bolsa de la comida le entregan a uno una lista de emociones que hay que experimentar:
“En este punto amigo mío ya te puedes estremecer, ¡¡¡la cagaste al subir al barco!!!”
La última vez que estuve en el Mediterráneo creía estar tranquilo. Durante las primeras veinticuatro horas no había encontrado todavía a ninguno de aquellos destructores de las vacaciones.
¡¡¡De repente!!!, a la segunda mañana, mientras estaba aspirando a pleno pulmón los aires del Mediterráneo, no vi llegar y abalanzarse sobre mí aquel hombre…
¿Quién era? ¡El! Era El, al que aun no había notado, ¡¡¡era mi vecino de rellano!!!
El, al que nunca encontré subiendo o bajando por la escalera de mi casa, se me planta allí en frente de mi, entre la isla de Cerdeña y yo.
¡¡¡El!!, que sólo me vio una vez un primero de enero en la habitación de nuestro portero.
--Buenos días señor…buenos—salude--
…aquí lo tenéis de repente interesado por mí con un gran impulso amistoso, clava con todas sus fuerzas una hamaca junto a la mía, y me dice:
…¡¡¡Y que pequeño es el mundo!!! ¿Verdad?
Si vais de crucero, no salgáis nunca del camarote en todo el trayecto…descansar y dormir mucho.
